Publicado el: 2025-08-29
Lo más delicado es que, paradójicamente, este liderazgo termina debilitando al grupo. Cuando todo depende de una sola persona, los demás no crecen ni se comprometen. Se genera dependencia.
Hay un tipo de líder que no delega, que resiste, que calla, que sigue adelante aunque todo pese demasiado. Se trata del llamado “síndrome de Atlas”, una expresión inspirada en el personaje mitológico condenado a cargar el mundo sobre sus hombros. Pero aquí no se trata de una maldición divina, sino de una autoimposición silenciosa, muchas veces aplaudida por su aparente fortaleza.
En el mundo laboral, en las familias, e incluso en grupos de iglesia y comunidades sociales o de vecinos, este síndrome aparece sin hacer ruido. Quien lo padece no lo cuenta, porque usualmente ni siquiera lo sabe.
Este concepto, explorado inicialmente por el psiquiatra Paul Dobransky, describe a las personas que asumen el rol de sostener todo y a todos. No por egocentrismo, sino por una mezcla de lealtad, necesidad de control y miedo al caos. Tienden a ser personas funcionales, confiables y resolutivas, pero con el tiempo terminan agotadas, frustradas y emocionalmente desconectadas.
No es una cuestión de voluntad. Es una dinámica que se forma cuando la persona es vista como “el fuerte” del grupo, el entorno (laboral o familiar) refuerza esa imagen con halagos y exigencias, y no hay espacios de desahogo emocional ni apoyo real.
Y es que, en palabras de Brené Brown, investigadora de la Universidad de Houston: “No hay coraje sin vulnerabilidad”. Pero muchas veces, en entornos como los nuestros, la vulnerabilidad sigue siendo mal vista, sobre todo en quien lidera.
Hace unos meses, durante un proceso de acompañamiento a un comité escolar en nuestra sociedad, surgió el caso de Marta, presidenta de una asociación de padres. Además de su trabajo como docente y su rol como madre, asumía toda la carga organizativa del comité: desde convocar reuniones hasta buscar donaciones. Nadie se lo pidió, pero tampoco nadie se ofrecía a ayudar. Cuando se ausentó por problemas de salud, el grupo colapsó. El problema no era ella. Era la dinámica.
Este patrón no es exclusivo de los grupos comunitarios. También se ve en pequeñas empresas donde la persona fundadora, por miedo a perder control, se rehúsa a delegar. O en líderes de iglesia que cargan con cada decisión creyendo que rendirse sería sinónimo de falta de fe. O en el hermano mayor que, tras la muerte de los padres, se convierte en figura paterna de todos, sin permiso para caerse.
Las consecuencias de este síndrome son múltiples, aunque a veces no se vean a simple vista: agotamiento físico y emocional sostenido, dificultad para delegar y confiar en otros, irritabilidad o apatía en los vínculos personales, sensación de estar atrapado sin poder parar y disminución del rendimiento a largo plazo, aunque el esfuerzo aumente.
Lo más delicado es que, paradójicamente, este liderazgo termina debilitando al grupo. Cuando todo depende de una sola persona, los demás no crecen ni se comprometen. Se genera dependencia.
El síndrome de Atlas no se rompe con discursos motivacionales. Se transforma con decisiones prácticas, pausadas pero firmes:
Identificar qué se está sosteniendo en soledad. Un primer paso útil es anotar durante una semana todas las tareas asumidas. Sorprende descubrir cuántas podrían compartirse.
Hablar con honestidad. Expresar el cansancio sin que esto implique renuncia. Muchos grupos simplemente no se dan cuenta del desequilibrio.
Crear pequeños espacios de delegación. No se trata de “abandonar el barco”, sino de enseñar a remar a otros.
Aceptar que no todo será como uno lo haría, pero que eso no lo hace incorrecto.
Buscar redes de apoyo. A veces una conversación con alguien neutral basta para redimensionar la carga.
En muchos contextos de nuestros países, el sacrificio personal ha sido elevado a la categoría de virtud máxima. A quien lo da todo se le admira, incluso si eso implica perderse a sí mismo en el camino. Pero no todo lo que se admira es saludable. Y sostener el mundo no debería ser una condena.
En las familias, en los equipos de trabajo, en los grupos de amigos… hace falta repartir el peso. No para que uno sufra menos, sino para que todos participen más. Porque cuando el liderazgo se convierte en carga, deja de ser guía para convertirse en prisión.
Por Tulio Magaña
Consultor, investigador y conferencista