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Publicado el: 2026-05-15

Multitasking: la mentira elegante de la productividad

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Durante años se aplaudió la capacidad de “hacer varias cosas al mismo tiempo”. En entrevistas laborales sonaba casi heroico: persona multitarea, alta capacidad de respuesta, manejo simultáneo de proyectos. Y claro, en una región donde el ritmo político, económico y social rara vez da tregua, esa etiqueta parecía una virtud. Pero la verdad es que el multitasking es, en la mayoría de los casos, una ilusión bien maquillada.

La neurociencia lo ha demostrado con claridad. El cerebro humano no ejecuta múltiples tareas complejas de forma simultánea; lo que hace es cambiar rápidamente de una a otra. Ese “cambio de contexto” tiene un costo cognitivo. La Asociación Americana de Psicología ha advertido que alternar tareas reduce la productividad hasta en un 40 %. Y sí, el dato incomoda.

El multitasking no es hacer varias cosas a la vez; es fragmentar la atención: responder mensajes mientras se redacta un informe, revisar redes sociales en medio de una reunión virtual o atender una llamada mientras se revisa un documento urgente. Parece eficiencia, se siente como velocidad, pero, en el fondo, lo que ocurre es dispersión.

Además, cada interrupción deja un “residuo atencional”, como lo describe la investigadora Sophie Leroy. Una parte de la mente se queda atrapada en la tarea anterior. Entonces, aunque el cuerpo cambie de actividad, la cabeza no lo hace del todo. El resultado es más cansancio, más errores y, paradójicamente, más tiempo invertido.

Por ejemplo, un funcionario participa en una sesión legislativa mientras responde mensajes de WhatsApp sobre una crisis territorial. El discurso pierde coherencia, se omite un dato clave y la oposición aprovecha el vacío. Luego vienen las críticas. No fue falta de capacidad; fue atención dividida.

En una empresa privada, una gerente financiera revisa cifras, atiende una videollamada y responde correos urgentes. Al final del día, descubre que envió un archivo incompleto. Nada grave, pero sí innecesario. El error no nació de la ignorancia, sino del exceso de estímulos.

En el hogar, alguien ayuda con tareas escolares mientras revisa el celular. El niño repite la pregunta tres veces. La respuesta llega tarde y con irritación. La escena parece pequeña, pero deja una sensación incómoda.

Entre amigos, una conversación en una cafetería se diluye porque cada quien mira su pantalla. Se comparten risas, sí, pero fragmentadas. El vínculo pierde profundidad.

Se ha romantizado la ocupación constante. Agenda llena equivale a importancia. Notificaciones incesantes parecen sinónimo de relevancia. Y, en política, responder a todo en tiempo real da la impresión de liderazgo activo. Sin embargo, liderazgo no es velocidad; es claridad. Y es que el multitasking no solo afecta resultados: afecta relaciones.

El psicólogo Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, explicó que el pensamiento profundo requiere un “Sistema 2” lento y deliberado. Ese sistema no funciona bajo bombardeo de estímulos. Necesita espacio. Silencio. Tiempo. En fin, la cultura del multitasking vende dinamismo, pero suele sacrificar profundidad. No se trata de vivir aislados ni de ignorar la realidad digital. Se trata de recuperar el enfoque como recurso estratégico.

Algunas acciones concretas, que parecen pequeñas, pueden tener un impacto profundo:
1) Bloques de trabajo concentrado: asignar períodos definidos sin interrupciones para tareas clave. Incluso 45 minutos continuos generan resultados más sólidos que tres horas fragmentadas.
2) Regla de una sola pantalla: cuando se participa en una reunión importante, cerrar pestañas innecesarias. El simple gesto reduce errores y mejora la escucha.
3) Agrupar tareas similares: responder correos en un solo momento del día, en lugar de hacerlo cada cinco minutos.
4) Desactivar notificaciones no esenciales: muchas alertas no son urgentes; solo son ruidosas.
5) Practicar presencia plena en interacciones personales: una conversación sin celular sobre la mesa cambia la calidad del vínculo.

Curiosamente, quienes trabajan con enfoque único suelen terminar antes y con menos desgaste emocional. La sensación cambia: menos ansiedad, más control. Y los resultados se perciben con mayor solidez.

En contextos organizacionales, el trabajo profundo mejora la toma de decisiones. En política, reduce declaraciones impulsivas. En la vida familiar, fortalece conexiones. En grupos sociales, devuelve calidad a la experiencia compartida. La multitarea promete rapidez, pero entrega dispersión. El enfoque promete calma, pero entrega eficacia.

Tulio Magaña - Consultor, investigador y conferencista



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