Publicado el: 2025-11-14
Cuando el entusiasmo se transforma en autoabandono silencioso, es hora de mirar hacia adentro y cuestionar si el ritmo que se está llevando es sostenible.
Existen personas que se despiertan y todo les entusiasma, se aventuran en cualquier proyecto, lo dan todo en el trabajo, en el hogar, con los amigos. No dicen nada. No se detienen. No miden. Y, de repente, un día despiertan cansadas, perdidas, incluso tristes, sin saber cómo llegaron hasta ahí si todo iba bien. Y ese fenómeno silencioso y común tiene un nombre: burnout inverso.
Mientras que el burnout clásico se desarrolla por estrés crónico y agotamiento emocional —generado por presión, sobrecarga o monotonía—, el burnout inverso surge por lo que parece bueno: la sobremotivación. Este síndrome se da en personas que dan todo de sí y terminan agotadas, incluso aunque estén haciendo lo que más les gusta. Sin descanso, no hay balance. Existe una adicción a comprometerse, a ser responsables, a estar "para todo y para todos".
La psicóloga belga Isabelle Roskam, de la Université catholique de Louvain, ya alertaba en un estudio que "el agotamiento no siempre viene de factores externos negativos, sino cuando el nivel de autoexigencia es tan elevado que se transforma en una prisión emocional".
En nuestra sociedad, donde tener la posibilidad de trabajar formalmente es un privilegio, muchos se sienten en deuda permanente. Como Carla, que consiguió una beca para la universidad privada tras años de esfuerzo familiar. En su primer trabajo se quedaba 12 horas, decía a todo que sí, se ofrecía siempre como voluntaria. Se sentía afortunada, pero con el tiempo la ansiedad y el insomnio hicieron acto de presencia. Terminó enfermándose, sin saber por qué si "estaba haciendo lo correcto". Igual puede pasar en la vida familiar, con aquellos que intentan cargar con todo por amor, por temor a fallar.
El problema es que, como la causa manifiesta de este tipo de desgaste es la pasión y no la aversión, muchos no lo detectan a tiempo. Algunas señales de advertencia son:
Como parte de nuestra cultura, en nuestros pueblos se ha exaltado la entrega absoluta. “El que quiere, puede”, “hay que dar la milla extra”... refuerzan un modelo en el que descansar es pecado. Pero también ha creado generaciones culpables de cuidarse, que consideran el autocuidado como excesiva autocomplacencia y no como necesidad. Y no es que baste con trabajar duro. Es no poder parar. En este sentido, el burnout inverso no es un asunto individual. Es un síntoma social.
Para superar el burnout inverso no es necesario renunciar a lo que uno ama. Implica aprender a sostenerlo en el tiempo sin dejarse afuera. Algunas claves prácticas:
A veces, la mayor dedicación no es continuar, sino detenerse. Cuando el entusiasmo se transforma en autoabandono silencioso, es hora de mirar hacia adentro y cuestionar si el ritmo que se está llevando es sostenible. Es importante preguntarse: ¿Por qué lo hago?, ¿qué hay en mi corazón?, ¿qué es lo que necesito compensar? Puede ser que haya un profundo sentimiento de minusvalía que necesitamos esconder sintiéndonos útiles, haciendo más de lo que podemos; incluso que pensemos que, para lograr lo mismo que otros, tenemos que hacer o realizar el doble que ellos.
Según la Organización Mundial de la Salud, "la salud mental no es la ausencia de enfermedad, sino un estado de bienestar en el que la persona puede hacer frente a las tensiones habituales de la vida, trabajar de manera productiva y contribuir a su comunidad". La productividad sin salud deja de ser virtud para convertirse en peligro.
Tulio Magaña - Consultor, investigador y conferencista