Publicado el: 2025-12-26
Curiosamente, los países nórdicos —de los que tanto se habla por su calidad de vida— cuentan con políticas laborales de descanso: jornadas más cortas, descansos activos y horarios flexibles. No por nada están en el top 10 de los países más felices del mundo. Pero en nuestras ciudades, donde se glorifica el agotamiento, dormir bien todavía se considera pereza.
En la era de las notificaciones incesantes y los horarios laborales extendidos, el sueño es un lujo. Pero más allá del cansancio o la falta de tiempo, hay una realidad biológica imposible de ignorar: las horas de sueño necesarias varían con la edad, y no dormir lo suficiente tiene consecuencias —en el estado de ánimo, la memoria e incluso la esperanza de vida—.
La National Sleep Foundation lleva años investigando este tema. Su conclusión es sencilla pero reveladora: no todos los cuerpos necesitan lo mismo.
1. Recién nacidos (0–3 meses): 14–17 horas al día; la vida empieza como una siesta.
2. Niños pequeños (1–5 años): 10–14 horas, literalmente construyendo su cerebro.
3. Adolescentes (14–17 años): 8–10 horas, aunque la mayoría sobrevive con seis y sueña con las cuatro restantes.
4. Adultos (26–64 años): 7–9 horas; pero, por sus ocupaciones, muchos no lo cumplen y se quedan en cinco.
5. Mayores de 65 años: 7–8 horas, con un sueño más ligero y fragmentado.
Y lo curioso es que no solo cambia la cantidad de sueño, sino también la hora en que el cuerpo pide descanso. Los adolescentes, por ejemplo, tienen un reloj biológico que los impulsa a acostarse y despertarse más tarde. De ahí las caras de sueño a las siete de la mañana, camino a clase.
Por el contrario, las personas mayores se van a la cama temprano y se despiertan con el sol, pero eso no quiere decir que duerman menos: su sueño se redistribuye.
En el ámbito laboral se aplaude a quien contesta correos a las tres de la mañana y se mira de reojo a quien dice “me voy a dormir temprano”. Pero dormir menos de seis horas diarias de manera crónica nos hace más susceptibles a enfermedades cardíacas, diabetes y depresión, de acuerdo con la American Academy of Sleep Medicine.
En nuestros países está muy arraigada esta cultura del trasnocho. En ciudades donde el tráfico exige despertar a las 4:30 y las reuniones se alargan hasta la noche, dormir es un lujo. Pero el cuerpo no negocia con la productividad. Cuando no se duerme lo suficiente, el cerebro pasa factura: lentitud mental, irritabilidad, olvidos, decisiones impulsivas. Y es que no hay café que reemplace una buena noche de sueño.
En una familia normal, el hijo que se acuesta a las doce convive con el padre que se levanta temprano y la abuela que a las ocho ya está roncando. Cada cual con su reloj, pero todos bajo el mismo techo. Lo mismo sucede en los lugares de trabajo híbridos: mientras un diseñador creativo trabaja mejor por la noche, su jefe prefiere revisar informes al amanecer. El desafío no es establecer un horario rígido, sino respetar los ritmos naturales de cada fase y de cada cuerpo.
Incluso socialmente el sueño influye. Los amigos jóvenes se reúnen por la noche, y los mayores, a almorzar. No es casualidad: es biología.
Algunas ideas que los expertos aconsejan —y que funcionan— son:
1. Establecer una rutina: acostarse y despertarse a la misma hora todos los días, incluso los fines de semana.
2. Apagar pantallas 30 minutos antes: la luz azul confunde al cerebro, que piensa que todavía es de día.
3. Evitar cenas pesadas y alcohol antes de dormir: el cuerpo se enfoca en digerir en lugar de descansar.
4. Escuchar los ritmos naturales del cuerpo y no obligarlo a permanecer despierto cuando el sueño aparece.
Curiosamente, los países nórdicos —de los que tanto se habla por su calidad de vida— cuentan con políticas laborales de descanso: jornadas más cortas, descansos activos y horarios flexibles. No por nada están en el top 10 de los países más felices del mundo. Pero en nuestras ciudades, donde se glorifica el agotamiento, dormir bien todavía se considera pereza.
Más que una pérdida de tiempo, dormir es una inversión. Un estudio de Harvard Business Review descubrió que quienes duermen lo suficiente toman mejores decisiones, se comunican con más empatía y son menos impulsivos o agresivos. En definitiva, dormir no es un lujo ni una práctica del pasado. El éxito no se mide en cuánto tiempo se está despierto, sino en cuánto se duerme para poder seguir soñando.
Tulio Magaña - Consultor, investigador y conferencista