Cargando...

Avance y Desempeño

Artículos

Publicado el: 2025-11-07

La imagen que proyectamos es un castillo de arena. El verdadero yo es nuestra esencia

Image

En momentos de crisis —cuando el prestigio se pierde, cuando la reputación se mancha, cuando las voces se levantan en contra—, lo único que puede sostener a una persona es aquello que no depende de los demás.

Pasamos la mitad de la vida construyendo una imagen; y la otra mitad intentando protegerla. Como si fuera un delicado vitral, pulido con esmero, sostenido con hilos invisibles. Una sonrisa controlada aquí, una palabra cuidada allá. Y es que parecer se vuelve una tarea de tiempo completo.

Pero esa imagen no es real, es una quimera. No tiene carne, ni alma, ni historia profunda. Es una proyección. Un holograma sostenido por la mirada de otros. Basta una crítica pública, una burla mal intencionada, un comentario que corra como pólvora en un chat para que todo se venga abajo. Así de frágil. Así de pasajero.

A fuerza de mantener esa imagen, muchas personas terminan sintiéndose ajenas a sí mismas. Como si vivieran dentro de una figura construida para los demás, pero que ya no les pertenece. Se habla con el tono que esperan oír, se decide según lo que conviene mostrar, se actúa como si estuviera siempre alguien mirando.

Y es que, de acuerdo al filósofo Byung-Chul Han, en sociedades obsesionadas con la visibilidad, la imagen se convierte en una cárcel. Se vive hacia afuera. Se pierde el derecho al misterio.

En nuestro entorno, hay figuras públicas que basan su capital en una imagen fuerte y pulcra. Sin embargo, basta una filtración de audio, un cambio en la narrativa mediática, o incluso un gesto malinterpretado para que esa imagen se desplome. Y no importa cuántos años haya costado construirla: se cae en minutos.

En la vida familiar ocurre algo similar. A veces se proyecta el rol de “el hijo responsable”, “la madre abnegada” o “el que nunca falla”. Pero cuando la fragilidad humana se cuela —un olvido, un error, una reacción espontánea—, el juicio ajeno no tarda. La imagen se resquebraja. Y la persona se queda, muchas veces, con una sensación de despojo. Como si ya no supiera quién es.

Sin embargo, hay algo que queda. Algo que no depende de la aprobación, ni de la narrativa pública, ni del qué dirán. Eso que permanece cuando todo se rompe es la esencia: el yo verdadero, el núcleo íntimo, callado, constante.

Ese yo no se exhibe. No necesita hacerlo. Habita los actos sencillos, la coherencia silenciosa, la calma de ser quien se es, sin necesidad de explicaciones. La verdad es que no siempre brilla. A veces se esconde. A veces duda. Pero no se pierde. Lo real no necesita testigos.

En contextos sociales, por ejemplo, puede ser la persona que decide no seguir una corriente por moda, aunque eso le cueste aceptación. En el trabajo, quien dice “no sé” en vez de fingir conocimiento. En una relación, quien no actúa para agradar, sino para cuidar.

Recuperar esa identidad genuina es como volver a casa después de mucho tiempo fuera. Al principio incomoda. Hay rincones que parecían olvidados. Se extraña el aplauso. Pero pronto se respira con más libertad. Y lo que se hace desde ahí, aunque más simple, tiene más raíz.

Esto no significa rechazar toda interacción con el mundo externo, ni vivir aislado del juicio social. Se trata, más bien, de desapropiarse de sí mismos, de entender que la imagen puede cambiar, fracturarse o desaparecer.

Como afirma Brené Brown, investigadora de la Universidad de Houston: “La autenticidad es la práctica diaria de dejar ir lo que creemos que se supone que debemos ser y abrazar lo que realmente somos”.

Algunas señales para saber desde dónde se está viviendo:
• Si una crítica destruye el ánimo por completo.
• Si se actúa diferente frente a ciertos grupos solo para encajar, puede haber una distancia con el yo auténtico.
• Si hay agotamiento emocional constante, quizás se está invirtiendo demasiada energía en proteger algo irreal.

Reconocer esto no busca generar culpa. Al contrario, libera. En momentos de crisis —cuando el prestigio se pierde, cuando la reputación se mancha, cuando las voces se levantan en contra—, lo único que puede sostener a una persona es aquello que no depende de los demás. La imagen va y viene. Pero la identidad, si está bien enraizada, permanece. A veces herida. A veces en silencio. Pero firme.

Tulio Magaña - Consultor, investigador y conferencista



Leer otros artículos

Te podrían interesar nuestros últimos artículos y noticias de nuestro blog