Publicado el: 2025-12-05
Soltar la necesidad de expresar la última palabra puede propiciar espacios de diálogo más genuinos, más humanos y respetuosos.
Hay personas que no pueden cerrar una conversación sin dejar “el punto final”. Otras lo hacen con elegancia, pero con la necesidad imperiosa de tener razón. En cualquier caso, se trata de una obsesión tan común como desgastante: la necesidad de tener la última palabra. Aunque suele disfrazarse de firmeza o seguridad, en el fondo es un reflejo de rigidez emocional y, muchas veces, de miedo a perder control, a quedar mal o, simplemente, a sentirse vulnerables.
Tener la última palabra va más allá de cerrar un argumento. Es una necesidad de “dominar” simbólicamente una conversación. La persona que la busca no está conversando, está compitiendo. Según el psicólogo clínico Adam Galinsky, profesor de la Columbia Business School, “las personas con menos poder suelen tener más necesidad de reafirmar su posición, lo cual paradójicamente puede hacerlas más rígidas en las discusiones”.
Este comportamiento aparece en todas partes: en el entorno laboral, en relaciones familiares, en redes sociales, en la política y hasta en una charla entre amigos sobre fútbol. Varias razones pueden estar detrás de esta necesidad:
• Inseguridad interna disfrazada de certeza: a veces, quien necesita ganar una discusión no está tan convencido como parece, pero necesita convencerse a través del otro.
• Modelos aprendidos: en la familia, la figura de autoridad dictaba silencio como indicativo de triunfo.
• La influencia social o cultural: en contextos en los que “no dejarse” se interpreta como una fortaleza, la acción de ceder se interpreta como debilidad.
• Confusión entre discutir y compartir opiniones: algunas personas no logran ver el valor de un desacuerdo que no culmine en una conclusión absoluta.
En los congresos de diputados o asambleas legislativas no son pocas las veces que se ha visto debates donde lo importante parece ser ganar la discusión y no llegar a acuerdos. Las sesiones se alargan en intervenciones cruzadas, donde el foco deja de ser el tema y pasa a ser la persona. Lo mismo puede verse en el entorno familiar: cuando en una cena, el padre o madre impone su opinión sobre un tema trivial sólo para no sentirse cuestionado frente a los hijos.
En el entorno laboral, un jefe que no admite otras propuestas y cierra las reuniones con frases como “ya dije lo que hay que hacer” o “ese tema está cerrado”, aunque la solución más sensata haya quedado sin voz. Estas conductas, en lugar de robustecer el liderazgo, acaban deteriorando la credibilidad.
Cuando una conversación se transforma en un conflicto de egos, el diálogo auténtico se desvanece y se convierte en un campo de batalla. En ocasiones el silencio por parte del otro no es por aceptación, sino por resignación.
Superar esta obsesión no significa volverse indiferente o conformista. Implica aprender a valorar el proceso del diálogo más que el resultado. Algunas estrategias que pueden marcar la diferencia:
• Respirar antes de dar una respuesta: una interrupción puede eludir numerosas frases superfluas.
• Escuchar con receptividad: no con el propósito de refutar, sino para comprender.
• Aceptar que existen perspectivas válidas a pesar de que no sean congruentes.
• Emplear frases de tipo puente: como “veo tu punto”, “no lo había considerado así” o incluso “podríamos dejarlo ahí por ahora”.
• Observar el propio cuerpo: la tensión física indica que se está discutiendo más con el estómago que con la cabeza.
El acto de conceder la última palabra puede ser, paradójicamente, una manifestación de fortaleza. Exige una madurez emocional y autoestima adecuadas para no requerir la validación del cierre. No es por pasividad, sino porque, en ocasiones, el silencio es más elocuente que cualquier argumentación.
Marshall Rosenberg, el creador de la Comunicación No Violenta, propone: “Detrás de toda crítica hay una necesidad no satisfecha”. Comprender esto facilita la percepción del desacuerdo como una invitación, no como una amenaza.
No siempre resulta esencial tener razón. En ocasiones, lo más prudente es no poseerla, o no demostrar que se tiene. Soltar la necesidad de expresar la última palabra puede propiciar espacios de diálogo más genuinos, más humanos y respetuosos. Aprender a callar a tiempo puede ser una de las formas más profundas de comunicación. Y también, de paz.
Tulio Magaña - Consultor, investigador y conferencista