Publicado el: 2026-07-24
Hay personas que, sin ocupar el cargo más alto ni tener el discurso más elocuente, cambian la temperatura emocional de un lugar. Entran a una sala y algo se acomoda. No por imposición. Por presencia. A eso, desde hace algunos años, se le llama “persona vitamina”. Y aunque suene a metáfora ligera, la verdad es que tiene un peso enorme en la vida cotidiana de empresas, familias y hasta en la política regional.
El término fue popularizado por la psicóloga española Marian Rojas Estapé, quien explica que son aquellas personas que “nos hacen sentir más capaces, más tranquilos y más valiosos” gracias a su forma de relacionarse. No se trata de optimismo ingenuo. Se trata de vínculos que fortalecen.
Una persona vitamina no es alguien que sonríe todo el tiempo. Tampoco es quien evade los conflictos. Más bien es alguien que:
1. Escucha sin interrumpir ni minimizar lo que el otro siente.
2. Sabe decir la verdad sin humillar.
3. Genera confianza incluso en contextos tensos.
4. Mantiene coherencia entre lo que dice y lo que hace.
5. Transmite calma en medio del caos.
En una empresa donde había rumores de despidos y presupuestos ajustados, el director convocó a su equipo, explicó con transparencia lo que sabía y reconoció lo que aún no estaba claro. Ese gesto redujo la ansiedad colectiva. No resolvió todo, pero evitó que el miedo se convirtiera en parálisis.
El fenómeno aparece en distintos escenarios:
1. En el trabajo: En una municipalidad de la región que enfrentaba críticas por la gestión de fondos públicos, una jefa de comunicaciones decidió abrir espacios de diálogo interno. Escuchó a los colaboradores antes de diseñar la estrategia externa. El resultado no fue solo una mejora en la imagen institucional, sino un equipo que dejó de trabajar a la defensiva y empezó a proponer soluciones.
2. En la familia: La abuela que, en medio de discusiones políticas encendidas, baja el tono y recuerda que la mesa es para encontrarse, no para dividirse. No impone silencio; introduce perspectiva. A veces con una frase sencilla: “Podemos pensar distinto sin dejar de querernos”. Y eso cambia el clima.
3. Entre amigos: Ese amigo que, cuando alguien pierde el empleo, no ofrece discursos motivacionales vacíos. Lleva café, escucha, comparte contactos y, sobre todo, evita el juicio. Acompaña. En fin, está.
Las “personas vitamina” cumplen un rol casi estratégico. Funcionan como amortiguadores emocionales. No niegan las diferencias ideológicas, pero promueven conversaciones más humanas.
Un informe de la Organización Mundial de la Salud ha señalado que los vínculos sociales de calidad son uno de los principales factores protectores frente al estrés crónico. Y es que el apoyo emocional no es un lujo; es una necesidad psicológica.
Este no es un rasgo reservado a unos pocos. Se puede entrenar. Con intención. Algunas prácticas concretas que fortalecen esa cualidad:
1. Practicar la escucha activa real: apagar el teléfono, sostener la mirada, no preparar la respuesta mientras el otro habla.
2. Regular las propias emociones antes de reaccionar: una pausa breve puede evitar una herida larga.
3. Reconocer públicamente los logros ajenos: en equipos de trabajo, un reconocimiento oportuno cambia semanas enteras.
4. Cuidar el lenguaje: evitar ironías constantes o comentarios pasivo-agresivos que desgastan el ambiente.
5. Establecer límites saludables: ser vitamina no implica absorber todos los problemas.
A veces estamos rodeados de personas constantemente quejicosas, con pesimismo crónico y rumores constantes. No siempre es posible alejarlas, pero sí podemos exponernos menos a ellas y construir redes más nutritivas.
La persona vitamina representa otra forma de influencia. Más discreta. Más profunda. No necesita micrófono; necesita coherencia. Y quizá ahí radica su fuerza: en la capacidad de sostener, de sumar serenidad cuando todo parece fragmentarse. En un mundo saturado de estímulos, gritos y urgencias, esa cualidad se vuelve casi revolucionaria.
Cuando está presente una persona que no roba energía, sino que la multiplica, los equipos trabajan mejor, las familias dialogan con más respeto y hasta las diferencias políticas se procesan con menos agresividad.
Tulio Magaña - Consultor, investigador y conferencista