Publicado el: 2026-06-05
Tulio Magaña - Consultor, investigador y conferencista
La pregunta parece filosófica, incluso un poco grande para la conversación diaria. Pero la verdad es que aparece en cosas muy concretas: en una empresa que sustituye el trato humano por respuestas automáticas, en una familia donde todos comen juntos, pero cada quien mira su pantalla, o en una campaña política que ya no busca convencer, sino manipular emociones con datos.
La nueva encíclica Magnifica Humanitas, del Papa León XIV, parte precisamente de una intuición muy antigua y muy actual: la Iglesia de Cristo no puede quedarse mirando la historia desde la ventana. Tiene que leer los signos de los tiempos. El documento recuerda que la Iglesia está llamada a escuchar, discernir e interpretar esos signos para buscar caminos nuevos al servicio de la dignidad humana.
Leer los signos de los tiempos no significa asustarse ante cada cambio. Tampoco significa aplaudir toda novedad solo porque viene envuelta en tecnología. Significa mirar con calma, con fe y con inteligencia. Preguntarse qué hay detrás de lo que estamos normalizando.
Y es que la inteligencia artificial ya no es un asunto lejano, reservado para laboratorios o empresas gigantes. Está en el celular, en los bancos, en las escuelas, en los procesos de selección, en los diagnósticos médicos, en los anuncios que aparecen “casualmente” después de una conversación y hasta en los mensajes que algunas personas ya no escriben, sino que mandan a escribir.
En nuestros países, el desafío no es menor. Una alcaldía podría usar sistemas digitales para mejorar trámites, sí. Pero también podría terminar dejando fuera a personas mayores que no entienden la plataforma. Una empresa puede usar IA para ordenar hojas de vida, pero, si no revisa bien sus criterios, quizá descarte buenos candidatos solo porque no usaron las palabras correctas. Un joven puede apoyarse en una herramienta para estudiar, pero también puede dejar de pensar por sí mismo. Ahí está el punto.
La UNESCO coincide con la encíclica Magnifica Humanitas: ha señalado que la protección de los derechos humanos y la dignidad debe ser la base de la ética en inteligencia artificial, junto con la transparencia, la justicia y la supervisión humana.
Porque una máquina puede responder rápido, pero no puede acompañar de verdad. Puede producir un texto hermoso, pero no sabe lo que significa llorar mientras se escribe una carta. Puede detectar patrones, pero no cargar con la responsabilidad moral de una decisión. Puede simular empatía, claro, y a veces sorprende. Pero simular no es lo mismo que amar, perdonar, cuidar o mirar a alguien a los ojos y decirle: “aquí estoy”.
En fin, el peligro no es que la inteligencia artificial se vuelva demasiado humana. El peligro, más silencioso, es que los humanos nos volvamos demasiado automáticos: rápidos, eficientes, funcionales, pero cada vez menos capaces de escuchar, esperar, contemplar y compadecernos.
En el trabajo, una jefatura puede usar IA para resumir evaluaciones de desempeño. Bien utilizada, ahorra tiempo. Mal utilizada, puede convertir la vida laboral de una persona en tres líneas frías y sin contexto.
En la familia, una madre puede apoyarse en una aplicación para explicar una tarea escolar. Eso ayuda. Pero, si el niño solo copia respuestas, pierde algo más valioso que una nota: pierde la curiosidad.
Entonces, ¿cómo manejarlo?
1. Usar la tecnología como apoyo, no como reemplazo de la conciencia.
2. Preguntar siempre quién gana, quién pierde y quién queda fuera.
3. Exigir transparencia cuando una decisión afecte empleo, educación, crédito, salud o derechos.
4. Educar a niñas, niños y jóvenes para pensar, no solo para buscar respuestas.
5. Recuperar espacios humanos: conversación, lectura, silencio, comunidad y encuentro.
La Iglesia que lee los signos de los tiempos no le teme al futuro. Pero tampoco lo acepta sin discernimiento. Su voz recuerda algo sencillo y enorme: no todo lo que se puede hacer debe hacerse, y no todo avance técnico es automáticamente progreso humano.Al final, la inteligencia artificial nos devuelve la pregunta esencial: no qué tan inteligentes serán las máquinas, sino qué tan humanos seguiremos siendo nosotros.
Entonces, ¿cómo manejarlo? Usar la tecnología como apoyo, no como reemplazo de la conciencia; preguntar siempre quién gana, quién pierde y quién queda fuera; exigir transparencia cuando una decisión afecte empleo, educación, crédito, salud o derechos; educar a niñas, niños y jóvenes para pensar, no solo para buscar respuestas; y recuperar espacios humanos: conversación, lectura, silencio, comunidad y encuentro.